Revista
Latinoamericana de
Recreación

ISSN: 2027-7385
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Un esbozo a la investigación de la reproducción y continuidad del habitus de la aristocracia porfiriana de la Ciudad de México a través de las prácticas de ocio
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Elena Paz Morales

Recibido Mayo 6 de 2011
Aprobado Junio 16 de 2011
Resumen: El desarrollo de los espacios públicos y privados que acogieron las experiencias de ocio - destinados en su mayoría a la aristocracia porfiriana-; fue un claro elemento de las modificaciones que vivió la capital mexicana en el porfiriato.  La aristocracia porfiriana tenía y debía asegurar la experiencia de ocio que le distinguía de los otros: podían disfrutar de una nueva actividad en un recinto recién inaugurado, debido al progreso del país y a la reciente electrificación de la metrópoli, se elegían espacios públicos para el encuentro con los otros y para ser observados por los otros que no pertenecían a la aristocracia.

Palabras clave: Porfiriato, ocio, aristocracia.

An outline to the reproduction and continuity research about the porfiriana aristocracy’s habitus in Mexico City through the leisure practices.

Abstrac: The development of public and private spaces which collected the leisure experiences - destined mostly to the porfiriana aristocracy - was a clear element about the changes that the mexican capital lived through the porfiriato. The porfiriana aristocracy had and should ensure the leisure experience which made them different from the rest of the people: they could enjoy of a new activity at a just opened place, due to the country’s progress and to the recent metropolis electrification, public spaces were chosen for the meeting with others and for being observed by the people who did not belong to the aristocracy.

Key words: Porfiriato, leisure, aristocracy.
Información Biográfica

Licenciatura en Administración del  Tiempo Libre, Maestría en recreación y administración del tiempo libre y Candidata a Doctor en Ocio y Potencial Humano. Actualmente colabora en las siguientes instituciones formativas: Escuela Politécnica del Ejército en Quito, Ecuador, Maestra invitadas para impartir la cátedra de organización de actividades recreativas en la Maestría de Recreación y Tiempo Libre. Catedrática titular en la Lic. en Entrenamiento Deportivo, Jefe de Servicios Bibliotecarios de la Biblioteca Medallistas Olímpicos en la Escuela Nacional De Entrenadores Deportivos Ciudad de México. Catedrática  Titular en la Maestría en Recreación y en la licenciatura en Administración del Tiempo Libre de la Universidad YMCA.
Correo electrónico:
elenapaz@axtel.net
Esta investigación es producto de una fuerte inquietud por encontrar respuestas en un pasado mediato, a la pregunta que se hace indispensable y que fungirá como  columna vertebral de este artículo: detectar y describir la relación entre las prácticas de ocio de la aristocracia y su relación con el hábitus, en la Ciudad de México durante el  período  que inicia en 1877 y concluye en 1910, siendo presidente el General Porfirio Díaz.

Se trata pues de colaborar con una nueva descripción, de  lo que hoy se identifica en la estructura de lo común y cotidiano (Gonzalbo, 2006); estas prácticas ubicadas en el ámbito de la vida cotidiana, caracterizadas por la “reproducción de los hombres particulares, los cuales, a su vez, crean la posibilidad de la reproducción social” (Heller, 2002:37) perfectamente y específicamente identificada como un sistema que permite conservar y transmitir los rasgos comunes que caracterizaron a la aristocracia porfiriana. El trabajo es entonces una búsqueda de lo cotidiano, que tiende a señalarse como uno de los sistemas que permitió la reproducción de los particulares, de los cánones del “buen gusto” de la clase alta porfiriana reflejado a través de sus particulares experiencias de ocio.


Un esbozo a la investigación de las prácticas de ocio

Hacia mediados del siglo XIX, y durante el cual surge un  nuevo concepto de Estado, diseñado principalmente por los preceptos liberales, preocupación por los derechos de los ciudadanos, la forma de gobierno, la secularización de la sociedad mexicana y la desamortización de los bienes en posesión del clero, caracterizado entonces por  un recio “empeño por transformar la sociedad, afirmar las libertades individuales oponiéndose a los privilegios, secularizar la sociedad y limitar el poder del gobierno mediante la representación política y el constitucionalismo” (Zoraida, 1998:2).

La legislación anticlerical provocaría que el Estado minara finalmente la fuerza política, económica y social  que tenía la Iglesia Católica Apostólica y Romana, pues era el “agente de Dios en la tierra” (Carner, 1987:99). Blancarte hace manifiesta la contribución que el movimiento de Reforma hiciera “en no pocos aspectos a la marginación creciente de lo religioso fuera de la esfera social” (Blancarte, 1983:166).

El proceso de secularización que viviera el País genera un  referente importante  del presente trabajo, es decir, consideramos que  el proceso de laicización que se viviera en el territorio después de la Reforma  da origen a un gran número de prácticas de ocio de un carácter  secularizado, principalmente en la capital del País.

Las prácticas de ocio se caracterizan por ser acciones que responden a la costumbre, a las prácticas que representaron el sistema de buen gusto y de refinamiento de la aristocracia porfiriana, dejamos a un lado aquellas únicas, extraordinarias e irrepetibles.

El ocio de la aristocracia del México Independiente, adquirió indirectamente las atribuciones de un sistema clasificatorio, lo que generaría un “sistema de enclasamiento” (Bourdieu, 1991:169). Fue la clase alta porfirista la única poseedora de la capacidad de construir la esencia del ocio como una experiencia de clase y el poder para expresar las prácticas de ocio con las atribuciones necesarias respecto al estilo de vida de los hombres y mujeres miembros de la aristocracia, el ocio fue un signo distintivo de esta clase social.

Un  hábito y una  representación cotidiana en la clase alta presentan la característica de  “ser repetible en su ser-así sea cual fuere y debe realmente ser repetida” (Heller, 2002:419). Dado que las prácticas de ocio permiten la construcción de un sistema de costumbres alrededor de un espacio cotidiano, que tiene la posibilidad de cumplir diferentes funciones, emiten  así diferentes mensajes, poseen la capacidad de mostrar ante los otros “signos de riqueza o de pobreza” (Heller, 2002:434),  y los otros poseen los capacidades necesarias para decodificar el mensaje, ya que cada una de las clases sociales ha reproducido los signos suficientes y más para permitir la continuidad, en apego a las normas y cánones de buen gusto, “vestidos distintos cumplen funciones sociales distintas y tienen, por tanto, significados distintos” (Heller, 2002:434). Cuando estas prácticas están por fuera de la norma, resultan principalmente dos situaciones, la primera pasara inadvertida por los “otros”, nadie se percata de lo sucedido, la segunda los “otros” perciben y tipifican a esta acción fuera de la norma, de las buenas costumbres, de los cánones de buen gusto. Las actividades modifican la rutina de la vida cotidiana de quien tiene el objetivo de reproducirse, pues esta actividad rebasó la estructura normativa del saber cotidiano, salió de lo común y conveniente. A través del saber cotidiano se puede identificar y categorizar las estructuras normativas que la clase social posee y que ha integrado y reproducido.

Referentes significativos en relación a las prácticas de ocio

No existe una tradición respecto del análisis de las prácticas de tiempo libre durante el porfiriato, diversos libros lo señalan, generalmente haciendo un trabajo descriptivo, segmentado por el tipo de práctica, como es el caso del excelente documento Invitación al baile, arte, espectáculo y rito en la sociedad mexicana, de la Doctora Clementina Díaz y de Ovando Díaz, en 2006, reconstruye y describe a través del baile las costumbres y mentalidades de los hombres y mujeres que organizaban y asistían a los bailes reseñados en la crónica social de 1825 a 1910 en la Ciudad de México,  Juvenal “el baile que según la opinión de uno de los más señalados cronistas sociales, Enrique Chávarri, Juvenal, interprete del sentir de su tiempo… ´una velada de baile, [era] rito obligado del universo burgués`” (Díaz, 2006:11). Citamos  esta sencilla investigación como la primera que se hace desde la perspectiva del ocio como experiencia y mecanismo de reproducción y apropiación de la aristocracia mexicana, dejando a un lado la visión del ocio como tiempo liberado, postura recurrente en otras  investigaciones.

Liliana Briseño Senosiain (2002), en su tesis doctoral Lo particular y lo social en el porfiriato, la vida diaria en la Ciudad de México 1877-1911; su principal contrastación parte de las modificaciones que se vivieron en la Ciudad de México a raíz de la introducción de la luz eléctrica; Briseño resalta la transformación y revelación hacia un nuevo estilo de vida, donde la noche, la obscuridad, la poca iluminación queda atrás dando paso a la modernidad  reflejada en la constante luz y la posibilidad de una  continuidad absoluta en las tareas, ya no existe más ruptura o paro  de las actividades.

En 2003 Ricardo Pérez Monfort realiza la investigación titulada Circo, teatro y variedades. Diversiones en la Ciudad de México a fines del Porfiriato, cuyo objetivo es hacer una breve revisión de las diversiones y pasatiempos de la sociedad porfiriana en general, pone énfasis en el uso del tiempo de ocio y  la diversión.  El uso del término ocio por el Investigador Pérez se ubica en el espectro de espacio tiempo, identificándolo específicamente como las horas libres en contraposición a las ocupadas por el trabajo u otros deberes y obligaciones. Es como él mismo refiere en un documento una somera revisión y descripción de las actividades, así como algunas de sus implicaciones de modernidad.

El estilo porfiriano: deportes y diversiones de fin de siglo, es una investigación de  William Beezley en 1983,  dedicada especialmente a la descripción de las prácticas deportivas y sociales de las comunidades de extranjeros que para ese momento se encontraban establecidas a lo largo de la República Mexicana.

La aristocracia porfiriana y un sencillo esbozo de las experiencias de ocio y la conformación del hábitus.

Los hombres y las mujeres se significan día a día a través de un conjunto de actividades cotidianas, que solo tiene sentido en su ambiente inmediato. Estas les permiten ser parte de diversas instituciones, donde responden convenientemente a los roles que les han sido asignados acorde a su edad, clase social y momento histórico;  estas  acciones le dan sentido a su vida, porque les permiten ser parte del todo como un particular que sabe reproducir y responder a los requerimientos de la época, estas acciones se identifican como la vida cotidiana; este conjunto de actividades se visualizan como las costumbres “que determinan la vida de los individuos” (Gonzalbo, 2006:12) que caracterizan y responden a un momento histórico y las cuales en mayor o menor medida se trasforman en el tiempo. 

Estas actividades son el reflejo de un grupo de individuos, de un colectivo caracterizado por compartir el tiempo y el espacio. Es necesario señalar que el carácter de cotidiano solo se otorga a las actividades que son compartidas por todos o los sujetos que son parte del grupo social en cuestión.  La vida cotidiana es posiblemente uno de los pocos rasgos que todos los ciudadanos comparten, sin importar la clase social a la que pertenezcan, la edad, el sexo o el rol que desempeñan en su comunidad. Cada sujeto es parte y reflejo de su ambiente inmediato, particular y por consiguiente es un “representante de aquel mundo en el que otros nacen” (Heller, 2002:47). Los sujetos logran la apropiación de las acciones que les hace reproducirse cuando consiguen apropiar  su significado, no se hace por imitación, no se repite por observar a los otros; se obtiene cuando este sistema de comportamiento adquiere sentido en su vida, considerando su “valor concreto y socialmente significativo y de una carga más o menos ideológica” (Heller, 2002:499),  las acciones pueden tener un nivel de preponderancia sobre otras acciones cotidianas al grado de convertirse en un código moral y de justicia figurativo; las prácticas en lo general son aceptadas por un sector de la comunidad, no existe discusión alguna sobre su valor y vigencia, pareciera a simple vista atemporales, “el hombre participa en la vida cotidiana con todos los aspectos de su individualidad, de su personalidad. En ella “se ponen en obra” todos sus sentidos” (Gonzalbo, 2006:27);  algunas prácticas pueden incomodar y molestar a varios ciudadanos, pero estos no tienen oportunidad alguna de oponerse a la práctica, a la cotidianidad, donde se desarrollan  las costumbres, que posiblemente ellos perciben y refieren como anacrónicas, identificadas así por el profundo conocimiento que tienen de las actividades, esto significa que aún y a pesar del rechazo conocen las costumbres.

La  reproducción, se refiere a las competencias necesarias que le permiten  actuar en función del rol que se está cumpliendo en la sociedad, “un conde puede reproducirse como particular sin haber aprendido a vestirse por sí mismo; un campesino, si quiere sobrevivir, debe necesariamente aprender a hacerlo” (Heller, 2002:42), aun a pesar de que el caballero aprenda a ser cortés y gentil con las damas, su proceso de apropiación no ha concluido, ni se verá finalizado en la edad madura, responde así a una determinada etapa de vida. La vida cotidiana se convierte en el mejor escenario para que se expongan las competencias adquiridas, desarrolladas y que les confiere la característica de ser inherentes al ser humano, competencias que varían de generación a generación, lo que permite la construcción y reconocimiento de individuos-tipo, que posibilitan  identificar y representar diversas épocas a través de estas características; al paso del  tiempo pareciera una escala aditiva respecto a  las características de la generación anterior; en la cotidianidad los sujetos ponen en acción “todos sus sentidos, todas sus capacidades intelectuales, sus habilidades manuales, sus sentimientos, pasiones ideas e ideologías”(Gonzalbo, 2006:27). 

Las prácticas de ocio son reflejo especialmente de la capacidad de apropiarse de ciertos conocimientos, habilidades, aptitudes, normas y demostrar una habilidad superior al respecto de los demás miembros de la sociedad, es decir usar los implementos o accesorios  “en la situación adecuada de un modo adecuado y de acuerdo con su destino” (Heller, 2002:398),  esto permite asegurar que la vida cotidiana está unida al pensamiento cotidiano, a aquellas acciones indispensables que permiten asegurar y apropiarse del mejor modo de todo lo necesario para dar continuidad a su rol o papel en la intimidad e inmediatez. Son diversas las capacidades que se deben demostrar y que permiten la continuidad de las normas decorosas “algunas son cotidianas en el estricto sentido del término (comer, vestirse, ir al trabajo, etcétera), otras, por el contrario, son características de una fase determinada de la vida del particular” (Heller, 2002:45), como lo son las prácticas de ocio, “el siervo de la gleba que, supongamos, en el siglo XII cree obvio el ser un siervo de la gleba y que ni siquiera podría soñar en ser algo distinto, y que dentro de las circunstancias determinadas hace lo que quiere, en su vida cotidiana es libre. Es imposible hacer siempre lo que se quiere; los límites de mi libertad cotidiana llegan hasta donde llegan los de mi personalidad” (Heller, 2002:359).

En la vida cotidiana las prácticas de ocio son totalmente heterogéneas “como  las habilidades, las aptitudes, los tipos de percepción y los afectos” (Heller, 2002:164) que se desarrollan alrededor de las experiencias de ocio, el individuo a través de su capacidad de reproducción y continuidad otorgará la importancia relativa a la práctica, determinando esto una multiplicidad de funciones. Esta esfera de la vida ha permitido que los hombres y las mujeres tengan la oportunidad (no siempre equiparable) de desear cosas similares y diametralmente opuestas, caracterizado esto por las relaciones sociales que mantienen con sus pares y el lugar que ocupa en la familia, “en todos  los tiempos los hombres y las mujeres han tenido libertades distintas; las mujeres de todos los estratos sociales podían realizar mucho menos de lo que querían, y querían menos” (Heller, 2002:371).

Considerando que el ocio “significa pasar el tiempo sin hacer nada productivo, y  como demostración de una capacidad pecunaria que permite una vida de ociosidad” (Veblen, 2007:69) es la demostración más sublime del decoro social, exacta y tenue a los ojos de las clases sociales inferiores, quienes a través de ser espectadores confirman el sentido de indolencia y decoro social. Existe un ámbito de la vida cotidiana que se vive fuera del alcance  de las miradas de los otros, esta práctica  se da en la intimidad, al interior de la casa-habitación o en aquellos espacios físicos restringidos a la mirada de los otros, de aquellos que por continuidad  dan u otorgan al caballero o a la dama el carácter de acto honorífico aun “la posibilidad de actuar… no me hace todavía libre, puede incluso aumentar mi servidumbre (como prisionero de mis pasiones)” (Heller, 2002:358).

El espectador es quien de una u otra forma otorga la importancia relativa a la práctica “es capaz de percibir por principio todo lo que sus órganos sensoriales son capaces de percibir. Pero de hecho, percibe solamente lo que el saber cotidiano le presenta como perceptible y digno de ser percibido” (Heller, 2002:548) puesto que son los que se  impresionan y maravillan por lo que han visto y que seguramente desean. Si por alguna razón no existe quien sea el espectador, las prácticas dejan de tener este sentido de continuidad sobre el reflejo constante de los cánones del buen gusto, el ciudadano  “tiene que encontrar medios de poner de manifiesto el ocio que no ha vivido a la vista de los espectadores. Esto solo puede hacerse de modo indirecto, mediante la exhibición de algunos resultados tangibles y duraderos del ocio así empleado,” (Veblen, 2002:69) la heterogeneidad de los sujetos y de sus prácticas confirma la existencia del espectador y del ejecutante, sin esta heterogeneidad sería imposible la continuidad que se genera cuando la clase ociosa exhibe su poder pecuniario.

El saber cotidiano es de carácter objetivo dado que se puede segmentar y el sujeto tiene la posibilidad de definir aquello que tomará y hará propio y cuales elementos  desechará, con el objeto de construir su patrimonio, un patrimonio que le deberá permitir ser y sentirse competente respecto al rol que sigue dentro de la clase social en la que se desempeña. Si consideramos los atributos de la aristocracia porfiriana derivados y reflejo del buen gusto, posesión y acumulación de bienes y ostentación, estos son parte de la estructura simbólica que los miembros de esta clase deben de reproducir y lograr así su continuidad.

La belleza y la elegancia fueron atributos de una sociedad cultivada que permitió un  “comportamiento distinguido y distintivo constituye el punto central de su autoconciencia” (Elias, 2009:88) a la aristocracia, reconocerse como clase y replicar los elementos que les hace ser diferentes y diferenciarse respecto a los otros. Los cánones de buen gusto fueron, en términos generales los componentes de uno  de los  mejores sistemas para afirmar a la clase aristocrática, fue indispensable demostrar la adquisición, uso y dominio de conocimientos elevados, considerando tal y como lo refirió Veblen en 1889 (2007:73). Las buenas formas se lograban  “mediante el uso largo y continuado” estos saberes catalogados como no cotidianos y nunca necesarios para la vida desde el punto de vista de la producción.  No existiría forma aparente de replicar las formas de la clase ociosa que a través de asimilar y asegurar que la generación venidera asimile aquello identificado como buenas costumbres  esto deja “un efecto persistente y perceptible en la conformación de la persona, y aun mayor en su conducta y modales habituales” (Veblen, 2007:73).

Los “gustos, modales y hábitos de vida refinados son una prueba útil de hidalguía” (Veblen, 2007:73) y estos conocimientos nunca debían ser indispensables para la satisfacción de necesidades básicas puesto que un componente indispensable de la hidalguía era la abstinencia absoluta del trabajo productivo.

Las buenas costumbres son reflejo absoluto del “habitus cultivado” (Bourdieu, 1991:63),  es imposible tener un referente de lo correcto y claro de lo incorrecto, es decir en el Manual de Carreño se definieron las competencias que las damas y caballeros debieron de aprender.  La razón del “manual” era concentrar la información necesaria para el encuentro de los miembros de la aristocracia en los diversos escenarios que generaban las experiencias de ocio, fuera correcta, los hombres y mujeres requerían del uso correcto de los “bienes simbólicos” (Bourdieu, 1991:63) y esto lo lograron  a través de la operacionalización de lo que la clase alta determinó como buenas costumbres.

La distinción de clases determinaba que los miembros de las clases inferiores podrían y tenían acceso a los documentos que señalaban los comportamientos correctos en sociedad, pero carecían del espacio que diera sentido al carácter simbólico de éstos. Sin este marco simbólico los conocimientos adquiridos carecen  de sentido y por consiguiente no tienen las formas para ser acreditado como miembro de la aristocracia; el conocer no significa saber hacer.

Considerando que la aristocracia mexicana, conformada por las familias con mayor decoro social no tuvo que sufrir de una confrontación respecto a un sistema superior en el territorio, siempre fueron los hombres y mujeres  que determinaron el “canon de conducta para las clases inferiores” (Veblen, 2002:76) los cuales aseguraron transmitir los modales correctos a través  del Almanaque Bouret así como de los documentos que mostraban las Reglas de sociedad nunca aprendidos por ellos en el seno familiar adquiridas solo “mediante el proceso vulgarmente conocido como esnobismo” (Veblen, 2002:74) una  forma indecorosa de aprender lo que la clase ociosa adquiría como parte de su herencia.

Los elementos determinados como cánones de buen gusto son aquellas prácticas en primera instancia, que responden coherentemente a la urbe y en un segundo plano a las prácticas de ocio, en el campo en las zonas de veraniego. Las formas se habían modificado, la influencia francesa era evidente, José Juan Tablada recuerda “Francia suavizó muchas rudezas y atenuó muchas barbaries, envolviéndolas en las suaves formas de su cortesía y de su savoir faire” (Tablada, 1991:148).

Conclusiones

México en el ámbito de los estudios de ocio, especialmente en las acciones que se desarrollen en la línea de investigación socio-histórica, se halla  una oportunidad para el desarrollo de investigaciones que permitan incorporación nuevas formas de interpretar y comprender las experiencias de ocio a lo largo de la historia del país

El ocio fue la razón para comprender el habitus de la aristocracia que viviera en la Ciudad de México durante el porfiriato, el eje que posibilitó distinguir las acciones  en su actuar cotidiano; el ocio como el mejor sistema para explicar los elementos que les distinguían como clase. 

Analizar a la clase ociosa permitió comprender y explicar que el actuar de la aristocracia porfiriana,  reflejaba los componentes de cualquier clase alta que hubiera adquirido la supremacía por la renta disponible y bienes que poseían (posiblemente generados dos o tres generaciones antes) carentes de cualquier título nobiliario; su habitus respondía a una vida ociosa que determinaba el actuar en la cotidianeidad.

La construcción de la hidalguía en la aristocracia porfiriana se fortaleció a través de las experiencias de ocio, considerando que las prácticas permitieron la conveniente demostración de los símbolos y riqueza heredados, la aristocracia porfiriana heredó al ocio como un estilo de vida, lo ostentó como una forma de exaltar sus propiedades y características, un elemento persistente, sistémico y perceptible por los otros miembros de la sociedad,  envidiado y emulado por aquellos no pertenecientes a su clase, carentes del gusto puro, del consumo legítimo, de la distinción.

Las experiencias de ocio fueron en la época porfirina el mejor sistema para diferenciar  a las clases sociales, fue parte sustancial del habitus considerando que: las actividades que la aristocracia porfiriana practicaban eran en su mayoría heredadas, es decir las actividades que los hombres y mujeres practicaban respondían a una tradición familiar, que se aprendían y replicaban carentes de cualquier acto reflexivo; las buenas maneras, las formas que durante el ocio se podían observar, las maneras de actuar en las experiencias de ocio,  fueron un atributo imposible de replicar  no así las practicas, emuladas por los hombres y mujeres de la sociedad mexicana carentes de los atributos de la aristocracia, por consiguiente aun a pesar de que las prácticas de ocio eran copiadas nunca lograron emular la distinción, los buenos modales, el buen gusto; los grupos que se construían con motivo del ocio eran eminentemente discriminatorios, aunque su razón aparente de inclusión radicaba en las propiedades inherentes al  caballero o dama interesados en pertenecer al club, evidentemente nunca se mostraron los motivos reales de la exclusión y los mecanismos para la inclusión, la carencia evidente de honor y clase.

El aprendizaje de las prácticas denominadas como elegantes sería transmitido de generación en generación asegurando una interiorización del modelo correspondiente a su clase, por lo tanto, las prácticas de ocio que demostraban el control absoluto de las habilidades y conocimientos adquiridos por este medio es un mecanismo para preservar los elementos identitarios de la aristocracia.

A diferencia de las damas, los hombres no tienen límite alguno entre la vida privada y la vida cotidiana o pública. Para ellas la casa, el hogar, se vuelve un elemento de identidad pues ahí el decoro estaba protegido. Los espacios privados se resuelven como los lugares de encuentro con las damas quienes debían relacionarse en salvaguarda y ser bien vistos,

El espacio público para las mujeres podía permitirse matizándose de ostentación ociosa. Del ocio que retrata Diego Rivera en Sueño de una tarde dominical en la alameda central, en la cual se le permite a la plebe tocar con la mirada a la ejemplar clase aristocrática.


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